Doha y la OMC tras el fracaso de julio
Autor : Supachai Panitchpakdi
El hecho de que en la reciente Reunión Ministerial de la OMC no se lograra el objetivo de acordar modalidades para las negociaciones agrícolas y sobre el AMNA es un revés para la Ronda de Doha. La ruptura de las negociaciones de julio, el último de una serie de intentos fallidos, ha generado temores por la suerte de toda la Ronda. En un reciente editorial del Financial Times incluso se acuñó la desafortunada pero ingeniosa frase “muerto como Doha ¿Significa realmente el fin de la Ronda este último fracaso? No me parece. La Ronda de Doha, y la amplia gama de cuestiones que abarca son demasiado importantes como para ser dejadas de lado. La Ronda sigue siendo el mejor medio para encontrar un nuevo equilibrio en el sistema multilateral de comercio y corregir las prolongadas distorsiones, como las subvenciones agrícolas de los países desarrollados. La finalización de la Ronda es fundamental para proporcionar a las exportaciones de los países en desarrollo un acceso a los mercados mayor y seguro, y para crear las condiciones necesarias para promover el desarrollo, reducir la pobreza y lograr los ODM. Por consiguiente, deberíamos esperar que los miembros de la OMC vuelvan pronto a la mesa de negociaciones. De hecho, la Conferencia Ministerial ha logrado una importante convergencia en muchas cuestiones, lo que no es despreciable, y contribuirá a acelerar el desarrollo de las negociaciones futuras. Sin embargo, desde una perspectiva realista, este último revés significa inevitablemente un retraso en la conclusión de la Ronda, y ofrece un tiempo muy necesario para la reflexión. En cualquier caso, aunque hubiera habido un acuerdo únicamente sobre las modalidades, esto no habría supuesto la conclusión de la Ronda.
Entonces ¿cuáles deberían ser nuestras prioridades?
Si bien debemos confiar en el éxito de los actuales esfuerzos para reiniciar las negociaciones, si esto no sucede, aún puede ser posible intentar lograr algunos de los resultados en materia de desarrollo sobre los que se llegó a cierto grado de consenso en julio. Entre estos figuran por ejemplo, el acceso a los mercados libre de derechos y de contingentes para los PMA, la dimensión de desarrollo de la cuestión del algodón, la Iniciativa de Ayuda para el Comercio, el Marco Integrado mejorado y el apoyo al fomento de la capacidad productiva de los países en desarrollo. Los avances en estos ámbitos también contribuirían a establecer la confianza necesaria para concluir las negociaciones lo antes posible. No obstante, esos resultados iniciales no pueden ser un sustituto de la cabal conclusión de la Ronda de Doha con un importante componente de desarrollo. En segundo lugar, el fracaso también podría tener consecuencias negativas para el sistema multilateral de comercio y la OMC en general. Después de todo, la OMC se creó como un foro de negociación permanente. Un prolongado estancamiento de las negociaciones de la Ronda de Doha podría desviar la atención hacia otras negociaciones a nivel regional o bilateral. Por supuesto, la OMC seguirá siendo el principal pilar del sistema multilateral de comercio se concluya o no la Ronda. En la actualidad, la OMC supervisa y administra un importante cuerpo de normas comerciales. También presta servicios al mecanismo de solución de diferencias, cuyo trabajo forzosamente aumentará con la ralentización de las negociaciones. Por lo tanto, no cabe cuestionar la relevancia y trascendencia global de la OMC. El fracaso de julio también da la oportunidad de debatir si el actual funcionamiento de la OMC ofrece el mejor modo posible de llevar a cabo las negociaciones tras Doha. Se ha sostenido que los problemas de la Ronda de Doha resultan esencialmente de la creciente dificultad de llegar a un consenso frente al incesante aumento del número de cuestiones y participantes. En ese contexto, la forma de las negociaciones, que abarcan múltiples cuestiones que desembocan en un “todo único”, puede no ser la óptima en el futuro. Algunas modificaciones institucionales u operativas pueden hacer que el proceso sea más propicio al logro de resultados, por ejemplo, una mayor disposición a adoptar una “geometría variable” y perspectivas plurilaterales, y una mayor flexibilidad de los procesos de adopción de decisiones de la OMC. Resulta interesante que estas sugerencias se contaran entre las propuestas de un informe del Consejo Consultivo presidido por Peter Sutherland, que encargué cuando ocupaba el cargo de Director General de la OMC. Quizás sea conveniente volver a examinar las propuestas del informe -titulado “El futuro de la OMC: una respuesta a los desafíos institucionales del último milenio”- a la luz de los recientes acontecimientos.Por último, pienso que no debemos olvidar que la Ronda de Doha fue explícitamente denominada “Ronda para el Desarrollo”. Si la atención se desviara ahora a otros foros de negociaciones a nivel regional y bilateral, habría que tener presente que la dimensión de desarrollo debe seguir estando en el primer plano del programa. Los acuerdos regionales y bilaterales también deberían incluir un amplio componente de desarrollo.



