Acabo de regresar de Senegal y desearía compartir con ustedes una problemática que me ha parecido especialmente sorprendente en el transcurso de mi visita: el vínculo entre las nuevas perspectivas que se perfilan para la agricultura africana y las difíciles opciones energéticas que seguramente van a plantear.
Al recorrer el perímetro del cultivo de arroz del Valle del Río Senegal, me he sentido afianzado en la idea de que el alza del precio de las materias primas agrícolas ofrece nuevas perspectivas para la agricultura africana. Las transformaciones que suscita actualmente en Senegal son sorprendentes. Ciertamente, este alza espectacular implica muchos desafíos para los países importadores netos de productos agrícolas, así como para el Programa Alimentario Mundial, tal como subraya con fuerza Josette Sheeran en las columnas de este blog, y conlleva fuertes tensiones sociales y políticas en algunos medios urbanos. Para ser rentable, las ciudades tienen que ser aún más los proveedores y prestatarios de servicios de las zonas rurales, es decir que se beneficien directamente de la mejora del futuro de estas últimas. Volveré a tratar en otra crónica este vínculo fundamental.
En mi opinión, si este alza se gestionara hábilmente, podría representar una auténtica oportunidad para el desarrollo económico de África. Los precios de los productos africanos vuelven a ser atractivos, abriendo nuevas oportunidades comerciales tanto para la agricultura alimentaria como para los productos destinados a la exportación. Los agricultores senegaleses con los que me he entrevistado han vuelto a invertir, señal de que se avecinan tiempos mejores.
Ahora bien, hay que apostar fuerte porque este incremento del precio de las materias primas agrícolas persistirá en los próximos años. Por supuesto, hay elementos de especulación en el nivel actual de los precios agrícolas. La volatilidad que experimentan los mercados no hace improbable que se produzcan correcciones y garantiza, con toda certeza, fluctuaciones a corto plazo que podrían ser considerables. Pero algunos factores estructurales (aumento de la demanda de agrocarburantes, crecimiento demográfico mundial, regímenes más ricos en carne y desequilibrios climáticos) hacen muy probable que prosiga la tendencia alcista -que aumenta considerablemente la rentabilidad de las inversiones. La agricultura africana, cuyo potencial de desarrollo es inmenso, podría beneficiarse ampliamente, a corto y medio plazo, de esta evolución.
El Valle del río Senegal ofrece a este respecto el ejemplo sorprendente de una zona agrícola donde los márgenes de productividad siguen siendo considerables. Dado que los recursos hídricos son importantes, que las prestaciones técnicas de los cultivadores tradicionales no cesan de mejorar y que la agroindustria experimenta una rápida modernización (riego puntero y herramientas eficientes), la zona de riego podría ampliarse aún más. Con importantes inversiones en infraestructuras, Senegal podría crear en el valle las condiciones del desarrollo de una agricultura muy competitiva. En este sentido, la combinación de las nuevas perspectivas de precios y la ampliación del riego podrían constituir, en un país en el que el sector agrícola representa actualmente el 18% de la estructura económica, una dinámica fuertemente estabilizante para la economía nacional. Esto también es cierto para otras regiones: en Malí, la zona Office del Níger también está lejos de haber agotado su perímetro de regadío.
Pero el indispensable aumento de la producción agrícola africana plantea con fuerza el problema de la capacidad energética. En efecto, cualquier modernización del aparato de producción requiere un acceso sostenible a la energía. No sólo es esencial para bombear agua del río y exportar los productos, sino también para conservarlos por medio de la cadena de frío. Esta cuestión es especialmente acuciante debido a la crisis energética que atraviesa el continente: estos últimos años habría costado entre 1 y 1,5 puntos de crecimiento en la mayoría de los países de África del oeste. Por otra parte, el sector de la electricidad ha sido afectado fuertemente en Senegal, donde la oferta ha resultado hasta la fecha insuficiente para satisfacer entre el 8 y el 10% de incremento anual de la demanda. Los agricultores locales temen que un aumento de los precios de la energía contrarreste las ganancias resultantes del incremento de los precios de los productos agrícolas.
Así pues, vemos surgir aquí la difícil problemática de las opciones energéticas nacionales, ya que la coyuntura de los precios internacionales podría ser la ocasión para los países africanos de dotarse de nuevas fuentes de energía. La opción más razonable, ya sea con una perspectiva de preservación del medio ambiente, de independencia energética y de competitividad de los precios a medio plazo, o en una lógica global de preservación de los recursos no renovables sería, por supuesto, favorecer a partir de ahora el desarrollo de energías renovables (eólica, solar, biomasa e hidroelectricidad). Pero nos encontramos frente a un problema de “competencia desleal” de los combustibles fósiles, cuyos costes de inversiones técnicas siguen siendo menores, que ofrecen la ventaja de estar disponibles inmediatamente y a veces son subvencionados.
Todo esto lleva a plantearse una cuestión fundamental: ¿puede esperar África la instalación de estas energías limpias mientras que las evoluciones actuales ofrecen posibilidades de crecimiento económico posiblemente rápidas? ¿No nos encontramos ante una dicotomía de temporalidad entre lógica medioambiental y lógica de crecimiento a corto plazo? Habida cuenta de nuestras propias elecciones energéticas del pasado, ¿tenemos alguna legitimidad para decir a los africanos que no deberían dotarse de centrales contaminantes para responder a sus necesidades urgentes? ¿Realmente tienen la opción de arbitrar entre equipamientos disponibles in situ todavía poco costosos y opciones energéticas prudentes a largo plazo, incluso para su crecimiento, pero costosas en el momento en el que estamos hablando y técnicamente más complejas de implantar?
La opción de las energías renovables, aunque deba fomentarse desde ahora, sería implantada efectivamente a largo plazo. Es evidente que los países en vías de desarrollo no podrán enfrentarse solos a todos los gastos financieros, técnicos y operativos que induce esta opción. Este es el motivo por el que deberemos apoyar a lo largo del tiempo, mediante una ayuda a la vez financiera y técnica, a sus actores públicos y privados. La experiencia de los países del norte podría transferirse eficazmente, de manera progresiva, con objeto de anticiparnos a las futuras necesidades. Pero, frente a la amplitud de las necesidades alimentarias mundiales inmediatas y ante las oportunidades comerciales que se vislumbran actualmente, no podemos prohibir el crecimiento en África. Así pues, un enfoque equilibrado entre la oportunidad económica a corto plazo y la promoción del respeto de las normas medioambientales emergentes parece ser el enfoque más eficiente.
La actual reforma del sector eléctrico en Senegal se inscribe plenamente en este procedimiento. El ambicioso proyecto, acompañado por la Agencia Francesa de Desarrollo, propone un plan de recuperación (2007-2012) basado en una reestructuración financiera e institucional del sector. Promueve el refuerzo de las instalaciones y de las capacidades de producción de electricidad, y la prosecución de nuevas inversiones, así como una política de incitación al ahorro de energía y a la eficiencia energética. Paralelamente, la reforma va acompañada de una voluntad política de desarrollo de las energías renovables, mientras que el 80% del parque de producción senegalés es actualmente de origen térmico. Se van a llevar a cabo tres grandes proyectos hidroeléctricos regionales y se crearán numerosas unidades de producción de energía solar y eólica.
Una reforma que, si se realiza de forma eficaz, permitirá que Senegal no tenga que elegir entre crecimiento económico y crecimiento ecológico.
JMS