Crisis financiera y altras crisis
Autor : Abdou Diouf
Como en el caso de un seísmo, las réplicas de la caída de los mercados bursátiles, consecutiva a la crisis de los créditos hipotecarios estadounidenses de alto riesgo (subprimes), no dejan de sacudir las instituciones financieras y bancarias. Para luchar contra esos movimientos, los gobiernos y las organizaciones multilaterales movilizan toda su energía y su ingeniosidad, dejando temporalmente de lado las otras crisis.
El enloquecimiento que se apoderó de los mercados no tiene que ocultar las crisis alimentaria y energética, cuyas repercusiones, debidas a motivos estructurales, bien podrían multiplicarse por culpa del desorden financiero.
Hoy en día, a raíz de la falta de inversiones coherentes, de una competitividad insuficiente y del desequilibrio de los circuitos comerciales, los productos alimenticios y la energía no logran cubrir las necesidades de una población mundial en crecimiento constante. En tales condiciones, cualquier tensión, ya sea climática o política, corre el riesgo de desencadenar un incremento de los precios y toda una serie de restricciones comerciales.
Además, a causa de la crisis financiera, existe una extraordinaria masa de liquidez en búsqueda de beneficios, así como los instrumentos de globalización capaces de facilitar su circulación. Las condiciones resultan idóneas para que se creen nuevas burbujas especulativas en función de los acontecimientos. Así pues, el petróleo y los cereales, cuyo precio bajó gracias a la calidad de las últimas cosechas, bien podrían encarecer súbitamente, desequilibrando las previsiones de los productores y perturbando la búsqueda de equilibrios a largo plazo, un factor indispensable de inversión.
Incluso es probable que cualquier indicio de reaparición del crecimiento, al anticipar una reactivación del consumo, desencadene comportamientos especulativos.
El desafío es doble: por un lado, lograr una mejor adecuación entre producción, comercialización y necesidades, organizando los mercados locales y los mercados mundiales; y por otro, regular los movimientos de liquidez que aspiran a beneficios rápidos.
Hace falta abandonar la atención aparentemente exclusiva otorgada a los asuntos financieros. En cuanto a la indispensable adopción de regulaciones, sólo trata una parte del problema y no es la más importante. También debe repensarse la producción de productos alimenticios y de energía, pero desde una perspectiva más global, que implique la reactivación del desarrollo, con objetivos de durabilidad y equidad.
Si no se toman estas medidas, las crisis seguirán encadenándose, de manera cada vez más rápida y cada vez más brutal, hasta que los desequilibrios acarreen desigualdades insoportables, produzcan una destrucción masiva de los bienes públicos y hagan desaparecer hasta la posibilidad de un sistema coherente.
Los que afirman que basta con mejorar los mecanismos de los mercados financieros para resolver todos los problemas harían bien en reflexionar otro poco. Porque la debacle general se los llevará a ellos igual que a los otros.




